Por qué sí que defendería a un terrorista asesino execrable

Por qué sí que defendería a un terrorista asesino execrable

Rafael Abati García-Manso

 

Madrid, a 1 de septiembre de 2017

 

Todos tenemos reciente la conmoción por el terrible atentado de Barcelona. Dieciséis personas muertas y más de cien heridos, todos indefensos e inocentes, bastantes de ellos niños. En las impactantes imágenes de televisión se veían personas esparcidas por el suelo, bañadas de sangre, algunas inmóviles, otras quejándose o pidiendo auxilio, desesperadas e impotentes.

Horroroso. A los más el atentado nos produjo náuseas y sentimos asco, indignación, repulsa sin ambages por quien hubiese podido provocar semejante apocalipsis.

Al día siguiente del atentado, en una conversación entre amigos, uno de ellos puso la cuestión sobre la mesa. Imagínate – dijo- que la policía hubiese capturado al autor de la barbarie in fraganti, a los escasos segundos de abandonar la furgoneta, sin que cupiera duda alguna sobre su autoría. Imagínate –siguió- que al poco recibes una llamada diciéndote que el terrorista asesino te ha designado como su abogado defensor.

Y, mirándome a los ojos, me espetó: ¿Aceptarías defender a semejante indeseable?

No negaré que la pregunta me provocó un cierto escalofrío, pero tampoco que no tardé ni medio segundo en contestarle: Sí, sin duda, y te voy a argumentar por qué.

Para empezar le recordé que mi especialidad es el Penal Económico, por lo que resultaba muy improbable que recibiese esa llamada.

Para seguir quise dejarle bien claro que no sentía la más mínima empatía por el sujeto, que me parece, replicando el claro y rotundo Tweet con que reaccionó ante el atentado la Casa del Rey, “un asesino, simplemente un criminal”.

También le aclaré que suponía que, de darse la situación que me planteaba, mi mujer, mis hijos, mis hermanos, mis amigos, el primero él, incluso algún compañero, me habrían animado a que no aceptara la designación por el terrorista asesino, a que rechazara ser abogado de alguien así, a que no me “manchara las manos” ayudándole.

Y ahora me vas a permitir que me ponga un poco intenso – proseguí-, pero es necesario para hacerme entender en un asunto tan espinoso.

Y, efectivamente, me puse un poco intenso.

Estoy orgulloso de nuestra Constitución, de la norma que ordena nuestra convivencia. Estoy orgulloso de estar amparado por un ordenamiento legal democrático que nos brinda, a mí, a mi familia, a ti, a la gente que me importa, a todos, muchas garantías que nos blindan frente a muchas posibles arbitrariedades y abusos de poder.

Por ejemplo – le dije- mis hijos, o los tuyos, ni siquiera conciben que alguien, por muy autoridad que sea, pueda irrumpir en su casa, o espiar sus comunicaciones, a su antojo. A mis hijos y a los tuyos esto les parece impensable, está fuera de su ámbito de preocupaciones. No obstante –advertí- eso mismo está a la orden del día en otros países y lo estuvo en muchas épocas pasadas en el nuestro.

En España tenemos la gran suerte, no tan común, de poder estar tranquilos porque sabemos que, si somos acusados de algún delito, vamos a contar con plenas garantías de que se van a poner en marcha unas diligencias de investigación y un proceso de instrucción con máximo respeto a nuestros derechos fundamentales y bajo la dirección y supervisión de una autoridad judicial independiente y competente.

Que, si nos vemos en problemas, después de esa investigación y esa instrucción ordenada y respetuosa con nuestros derechos y nuestras garantías legales, nos veremos sometidos a un juicio con todas los requisitos para que sea justo: el juzgador será un tribunal predeterminado por la ley y no un tribunal designado ad hoc o de excepción, el juicio se desarrollará con inmediación, contradicción y disponiendo la defensa de igualdad de armas que la acusación y, si consideramos que ese tribunal yerra en su sentencia, tendremos derecho a ponerlo de manifiesto al menos ante otro tribunal superior, que la podrá revocar.

Todas esas garantías –le seguí razonando a mi amigo-, propias de un sistema democrático de convivencia como el que disfrutamos en España porque así lo determina nuestra Constitución, me hacen sentir orgulloso y tranquilo, por las personas que quiero y por mí mismo.

Y si yo quiero todo eso para mí y para mi gente, tengo que defender con uñas y dientes que lo mismo se le conceda a este execrable individuo a quien, le aclaré, comprendo y te agradezco que te cuestiones si yo tendría estómago para asistirle. Pero sí, para ser consistente con eso mismo que quiero para mí, le defendería. Para contribuir, en mi papel de abogado, a que el terrorista gozase de los mismos derechos y garantías que yo y que todos en nuestro país, en España.

Porque, si no, todo eso que nos protege lo podemos perder. Porque, si no, esteremos poniendo en peligro al sistema. Y si ponemos en peligro al sistema, nos estaremos poniendo en peligro a nosotros mismos.

Si no concedemos al terrorista todas las garantías que queremos para nosotros, ¿dónde ponemos, cómo y quién pone la línea roja de a quién sí y a quién no? Y si esa línea roja es desplazable, ¿quién nos dice que un día no nos la pasen a nosotros mismos por encima y nos dejen a la intemperie?

Y mientras mi amigo se disponía a replicar a esas preguntas retóricas, me apresuré a suavizar la polémica con una sonrisa franca, una palmada en su hombro y pidiendo al camarero otra ronda de cervezas.

 

Artículo del colega español Rafael Abati García-Manso en su blog: 

http://www.abati.es/por-que-defenderia-a-un-terrorista-asesino-execrable/

 

Tomado del grupo de Google DERECHO PENAL del colega Ion Palacios OGUETA | Abogado penalista en Ogueta Abogados  | @IonOguetaAbogad en Twitter.

 


 

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